Prejuicio: más que un simple pensamiento

Hace unos meses acudí a un amigo médico a propósito de una decisión que debía tomar: cómo y con quién hacerme la histerectomía u operación de extracción de ovarios y de útero. Por ser una persona trans que toma hormonas, esta operación es una opción a contemplar. En mi caso no quería quedar embarazado y estaba seguro de querer continuar tomando hormonas de por vida, por lo que la extracción de las gónadas es una medida preventiva, ayuda a que el cuerpo no tenga dos mensajes hormonales contrarios. Esta intervención es benéfica a largo plazo para prevenir enfermedades en los órganos reproductivos y un sobrecarga el hígado. Sabía de esto desde el comienzo de mi tratamiento hormonal, con conciencia y sopesando el bienestar mental e interno con el tratamiento. Ya muy cerca de los dos años de terapia hormonal, tiempo indicado para realizar la cirugía, le pregunté a Y:  ¿consideraba él que era contraproducente realizarme este procedimiento con una médica amiga especialista en este procedimiento?

En principio, la respuesta parecía fácil y directa. Juan me expuso que él, bajo los estándares de su profesión, no lo haría. Cualquier complicación o error haría más difícil mi reclamo o podría generar tensiones a futuro, pues existía una relación de otro tipo entre ella y yo. Me narró la historia de una amiga suya que había tenido ese problema en una cirugía estética y luego me dijo que no sería difícil conseguir un profesional que lo hiciera. Suspiré una vez terminó su respuesta. “¿Por qué te angustia eso?” me dijo.  

Juan sabe que yo soy trans, hemos hablado mucho sobre este tema. Él además es gai y vive con su esposo hace unos años. Por ello, le había querido hablar a él y no a alguien que fuera escéptico antes las dudas y miedos que estaba a punto de narrarle. Le conté que mis dudas se fundaban en discusiones que venía teniendo hace varios meses con amiges trans y médices alrededor del país. Si bien, existían profesionales de la salud empáticos con las personas trans, que nos respetaban plenamente, estos eran más la excepción que la regla y esto suponía ciertos problemas a la hora de recibir tratamientos.

Todo había empezado con un internista que me manifestó que en el campo de endocrinología él mismo había liderado iniciativas para capacitar sobre el tema trans y sus tratamientos y la respuesta había sido negativa, enfatizada por la muy alta resistencia y crítica de la mano con la baja asistencia a los paneles. Incluso su hijo que era endocrinólogo e internista, se había mostrado muy resistente a tratar el tema en su práctica.

Luego, yo probaría esta resistencia en carne propia cuando me fue muy difícil encontrar un médico que estuviera capacitado y abierto a ayudarme a comenzar mi proceso de hormonización. Aunque los hay, son pocos los psiquiatras, psicólogos clínicos, endocrinólogos y en general profesionales de la salud en Colombia que son empáticos y capacitados para acompañar proceso de terapia hormonal y cirugías en un marco saludable y digno. No tengo estadísticas, pero de mis encuentros académicos y activistas con personas trans, sé que una gran mayoría de  de nosotres en Colombia se automedica, antes que pasar por las negativas y malos tratos que puede suponer el sector de la salud. Llegué a un endocrinólogo, que yo creí estaba abierto y bien capacitado por las recomendaciones que había recibido. Con el tiempo tuve mayor de información de mis compañeres trans –que parecían tener mejor información e investigación que mi médico, porque para ellos se había vuelto una cuestión vital– me di cuenta que las hormonas que este médico me administraba eran inadecuadas. Él me había recetado una dosis errada de testosterona que estaba afectando el funcionamiento de mi hígado y me estaba dejando en un limbo emocional. Lo curioso es que yo ya había detectado esto y se lo había advertido. En vez de indagar, informarse mejor y corregir la situación, él le dio largas al asunto, ocho meses para ser exactos, aseverando que mi cuerpo no lo estaba tomando bien, que se ajustaría solo.   

Cambié de médico por supuesto, pero esto ya me había hecho ver un problema más estructural. Más o menos por la misma fecha, hable con otra amiga médica, la que es experta en la histerectomía. Ella trabajaba en unos de los hospitales que tiene un grupo de trabajo con personas trans. Allí se jactaban de tener un grupo interdisciplinar que da cobertura desde la hormonización hasta las, aun mal llamadas, cirugías de reasignación sexual, que realmente son faloplastias o vaginoplastias. Yo hablaba positivo sobre el programa, sin conocerlo a profundidad, por referencia vagas que alguien me había dado. Al oírme hablar y conocer mi proceso de transición, me narró en confidencia como estaba muy brava, pues ella rotaba con esos grupos y en esas operaciones. Hacía una semana uno de esos médicos había mostrado su desinterés absoluto y negligencia por las complicaciones de una faloplastia y había sentenciado con desdén de manera temprana: “Eso ampútenlo y ya”. Mi amiga me decía muy alterada que ella hubiese intentado hacer todo lo posible por ayudar a este paciente, que había esperado mucho por su operación y había donado una parte de la piel de su muslo para su realización. “Sabes, que incluso he oído chistes ofensivos en las operaciones… entonces, ¿por qué trabajan en esos casos?” me expreso con mucha indignación en su voz.

Le presenté estos tres casos a Juan como la explicación de mi miedo. Lastimosamente, en Colombia, que los prejuicios hacía las personas de género y sexualidades diversas están tan arraigado y además justificado, no me sentía seguro poniendo mi vida en las manos de cualquier persona. A diferencia de ser gai, ser transgénero es algo evidente, algo que no podría ocultar para sentirme más seguro y en el fondo tampoco considero que es justo tener que esconder quien se es para ser tratado con respeto. Culmine diciéndole que quizás preferiría que mi amiga buscara un colega que la asistiera, antes que ponerme en las manos de alguien que no valore mi vida porque me crea un ciudadano de segunda categoría, en el mejor de los casos, y una abominación o herejía, en el peor.

“Se de lo que estás hablando” me dijo él con un tono triste y solemne. “Yo también lo he vivido” culminó. Me advirtió que no creía que esto fuera paranoia, que el como médico había vivido la resistencia por prejuicio en las diversas especializaciones con personas homosexuales o trans. Me contó que hacía unos años había tenido unas complicaciones con sus genitales y había consulado a un urólogo, con el que nunca hablo de su orientación sexual o de su esposo. Tiempo después cuando vino una operación por un tumor que debía ser extraído, vio el cambio total del equipo y del médico cuando se dieron cuenta que su visita más recurrente era un hombre que lo trataba con ternura y afecto. “Como médico, conociendo los protocolos, pude advertir el desinterés y trato más seco del equipo en mi recuperación y las risitas burlonas en los pasillos tras salir de mi cuarto”. Como él lo había intuido y por lo cual no había decidido decir nada a su urólogo, este especialista y su equipo habían perdido la objetividad medica cuando se enteraron de su orientación sexual. “Opérate con tu amiga, es la opción más segura”.

Le agradecí a Juan por su tiempo, le conté que para mí era vital su visión sobre esta perspectiva, que me hacía saber que no era una decisión insensata. Colgamos un rato después. No quise decirle lo afectado que había quedado por recordar todo esto, lo triste que me ponía saberme en un contexto en el que mi vida y la de él se articulaban como menos significativas, menos validas, tan solo por nuestra expresión de género o sexualidad. Esa es la razón por la que quiero compartir estas anécdotas, porque todas llegan al mismo cauce: un prejuicio no es simplemente un pensamiento inofensivo, es un aparato complejo de deslegitimación de otro ser humano que tiene efectos reales y tangibles sobre su vida.

No en vano un día una amiga y activista trans, que respeto mucho, me dijo un día: “Para hacer mi proceso de transición, me toco volverme abogada y medica empírica”. No mentía, había luchado a capa y espada durante dos años para recibir su operación a través de la EPS. No son solo son temas médicos los que están atravesados por esta problemática, aunque si quizás los más sensibles. También lo son temas con funcionarios en diversas entidades públicas y privadas de todo tipo: militares, educativas, laborales y demás. Muchos amigos y amigas narran que se les ha negado u obstaculizado el derecho a acceder a su nueva identificación y componente de sexo en Colombia precisamente por la negativa de funcionarios que desde su posición de poder se niegan a acatar la norma. Se valen de la denigración generalizada de nuestras identidades bajo las que la opinión pública general no ve actos reprobables en estos hechos, pues somos “pecadores” o “gentuza”.

Mientras que se legitime públicamente a las personas LGBTI o que no cumplan con la visión tradicional de hombre y mujer heteronormadas, será muy difícil garantizar sus derechos y su buen trato en las diversas entidades públicas y privadas por más leyes que existan en este sentido. Muchos se han querido quedar en la visión cómoda de las garantías de las leyes y los derechos promulgados a favor de la sigla LGBTQI, con la que se lavan las manos y dicen haber hecho todo lo que pueden. Pero, como dijo el otro día un conocido en una discusión: “Cada quien puede pensar lo que quiera, y ahí no nos podemos meter.” Sí, efectivamente, cada quién piensa lo que quiera, pero no se puede actuar como funcionario público o médico desconociendo el respeto en nombre de la opinión o creencias propia.  Es más difícil que alguien en Canadá, u otro país donde hay leyes antidiscriminatorias claras y además una conciencia social que abala el respeto a la diferencia, niegue un servicio o atropelle el derecho de otro ciudadano basándose en sus pensamientos homofóbicos, transfóbicos o discriminatorios. Si bien, no por ello se está totalmente exentos de dinámicas de poder, mientras en un país como Colombia la gente salga a marchar con un cartel que diga “Prefiero un hijo muerto que un hijo marica” debemos entender que los prejuicios no son solo palabras o pensamientos, son el ejercicio de la opresión que hace la vida de algunxs menos viable.

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