1. ¿Soy trans?

Quiero empezar esta Guía Trans recordando como era la vida antes de saber como nombrarme o identificar mi experiencia. A través de ese recuerdo, intento ponerme en los zapatos de alguien que esta en ese momento o de uno de sus allegades, que no sabe bien como entenderle. Muches no identificamos lo que nos sucede, no teníamos o no tenemos nombre o referentes para ello. De esto hace parte una cultura que ha tendido a invisibilizar y marginalizar nuestras experiencias, tildandolas .

Retos en salud trans (pt. 1)

 

Hace dos años y medio comencé, por invitación de un amigo, a dar charlas a estudiantes de medicina y personas afines sobre la salud trans y mis preocupaciones al respecto. Desde esa primera vez, en el marco del primer congreso de sexología organizado por la facultad de medicina de la universidad de Caldas, he presentado dos veces más en eventos de ACOME, la asociación colombiana médica estudiantil. Hablé en estos espacios porque considero que, así haya brechas y heridas entre las personas con géneros diversos y les profesionales de la salud (sobre todo en torno a maltratos, prejuicios y negación de la autonomía y autodefinición) es importante establecer buscar un reenfoque de salud y hablar a profundidad, más que una clausura del dialogo y esencialización de las prácticas y les actores.

Tras estas presentaciones muches participantes me han pedido mayor información o una manera de compartir este mensaje con compañeres del área. Por esta razón he decidido editar una nueva versión de esas charlas y publicarla a través de este medio. Para los que prefieren lo audiovisual,  pueden encontrar en este enlace un video que sintetiza este tema:  Salud Trans.

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Soy una persona trans e investigador en estudios de género y sexualidad. Me presento así porque cuando hablo, lo hago primordialmente desde mi experiencia personal e interacciones con otras personas trans. Quiero recalcar que no soy un vocero o representante de todes les trans*. Al reconocerme tan solo como una voz de las múltiples posibles, pongo de manifiesto una necesidad transversal de la políticas trans: hay que tener en cuenta la multiplicidad de voces que constituyen esta diversidad de género. Más aun, como en este caso, a la hora de definir los marcos médicos e institucionales que nos atañen. Este es un primer llamado de atención sobre el paradigma dominante de la autoridad médica que por muchos años, y aún hoy en algunos casos, define a  las personas trans como objetos de estudio patologizades y estandarizables.

A través de los diversos eventos y encuentros en los que he participado, confirmo que el dialogo respetuoso entre las personas trans y les profesionales de salud es vital para pensar en una medicina humanizada, en especial para personas que se ha visto excluida dentro y fuera de los espacios médicos por muchos años. Por supuesto, que no es el único ámbito social a trabajar (y no se debería caer en medicalizar el tema trans*), pero es innegable que en muchos casos este tema es clave.  Espero que compartir esta información y debate aporten al bienestar actual y futuro de les usuaries de salud trans,  para que sea más sencillo que las personas trans accedan a los servicios de salud que requieran, sin que los estigma, ignorancia y trabas del servicio les detengan.

Por ello, el propósito central de este texto es que les lectores se interesen por una salud digna e inclusiva para personas trans o diversas de género desde cualquier área de la salud. En especial este es un mensaje a les estudiantes y futuros médicos, enfermeras y especialistas. Para lograr ese fin, les hablare, primero, de algunos de los retos que enfrentamos actualmente y las complejidades que estas suponen, para, en segundo lugar, cerrar con un enfoque más propositivo, presentado unas recomendaciones y reflexiones básicas para el trato de usuarios de salud trans*.

¿Qué es trans*?

Antes de continuar quiero hacer paréntesis para dar una definición tentativa de la palabra trans*. Esto con el fin de entender uno de los principales puntos de la agenda del activismo trans* y sus derechos. Más que hablar de procesos de inserción de los trans* a los modelos de género, es importante entender a estas personas en sus propios términos para darles un trato digno y respetuoso. Veremos más adelante, que esto implica escuchar y respetar  a le otre, un proceso más arduo de lo que suena en culturas contemporáneas como la nuestra.

Cuando hablo de trans* (con asterisco) aludo al concepto que algunes academices y  activistas trans han propuesto como un término sombrilla que abarca a todas las personas que transitan entre las diversas expresiones de género posibles. En palabras de Susan Stryker, una de la principales teóricas trans*, se refiere “al rango más amplio posible de las variantes de prácticas identitarias y de género.”(2012, 21) El énfasis entonces no esta en las categorías sociales y su definición, sino en respetar la amplia gama de formas de reconocerse y ante todo la  autodenominación de la personas y la expresión de género que él/ella/elle quieran para sí.  De manera más coloquial, la coalición en torno a lo trans* busca que cada quien tenga la capacidad de expresarse y actuar sin limitarnos a prescripciones o expectativas de género: tener que hacer, usar o escoger por tener unos genitales. Parafraseando a Martin Luther King, no queremos ser juzgados por nuestra genitalidad o cromosomas, sino por nuestra carácter y bajo la potestad de ser expertos en nuestra propia identidad de género.

Si la idea es abarcar con el  término trans*  toda las posibilidades de diversidad de género, este concepto abarcaría a todas aquellas personas que sienten que las categorías binarias tradicionales hombre y mujer no representan quienes son y exigen que este no sea el único modelo posible. Esto incluye muchas posibles identidades, de las cuales solo incluiremos algunas:

    • transgénero, quienes sienten una disonancia entre el sexo y género culturalmente asignado, que pueden o no tomar hormonas o realizar ciertas cirugías.
    • transexuales,  quienes deciden reafirmar sus genitales mediante cirugía,
    • travestis,  quienes buscan vestir y performar como el sexo opuesto, sin necesariamente querer vivir tiempo completo en ese rol
    • drag king/ queens, quienes hacen representaciones artísticas que parodian las normativas de género tradicionales
    • personas con género variable, quienes transitan entre los dos géneros constantemente
    • persona agénero, que no se reconocen ni como hombres o ni como mujeres, ni quieren ser catalogados en ningún género
    • o personas con otro expresiones de género que se salen de las normativas de hombre y mujer dominantes.

En este punto no les presento estas definiciones para que las memoricen o determinemos una solución final de sus límites. Mostrar algunas de las autodenominaciones del espectro, es una forma de enfatizar que nunca podremos abarcar la totalidad de experiencias de género y categorizarlas, que esta no es la tarea importante. Lo más importante es que por más diversos que resulten todes los incluidos en el gran paraguas de los trans*, luchamos de diferentes formas por un mismo fin. Este se trata de reconocer la diversidad de expresiones de género y en ese sentido que cada quién tenga la capacidad de autodenominarnos. Es decir, la potestad para definir quiénes somos y que esto se respete, de ser expertos en nuestra propia experiencia. Y de la mano de esto, como segundo punto, enfatizamos la inexistencia de una única narrativa trans*, en especial aquella que habla de tránsitos “completos” o “ideales”. Pensar en tránsitos estrictos de una casilla restringida de hombre hegemónica a una de mujer o viceversa, sigue limitando la expresión de género y sus múltiples manifestaciones y mantiene intacto el modelo de género antiguo que tanto daño y represión ha generado.

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Retos de salud para personas trans* en Colombia

Ahora, ¿por qué habría de ser problemático proclamar esta diversidad y qué tiene que ver esto con la salud? En nuestro país aún son mayoritarios los prejuicios y resistencias ideológicas que generalizan y aprueban el rechazo de las personas diversas (no solo en materia de género y sexualidad, pero ese es otro tema). En el caso de las experiencias de vida trans*, esto genera una brecha entre las garantías constitucionales y legales que hemos alcanzado y nuestra cotidianidad, en especial en relación a las instituciones. El sector de la  salud no es la excepción.

Por más leyes y garantías que se hayan alcanzado en los últimos años, si la mayoría de la población colombiana piensa que ser transgénero es una enfermedad o un pecado, en gran medida por el desconocimiento y los prejuicios interiorizados, esto se traducirá para mi como hombre trans en altos niveles de ansiedad social frente en la interacción con los demás.  El carácter sistemático y acumulativo de  estas situaciones llegan a agotar y frustrar a cualquiera. Se que en diferentes formas otras personas trans* experimentan estas situaciones: los trámites de cualquier tipo se vuelven un lugar de inminente irrespeto, obstrucción o negación de servicios. No sucede todas las veces, pero sí de manera sustancial.

Se puede pensar, entonces, que estos desencuentros son propiciados en gran medida por la aceptación de la desinformación y denigración de lo trans*. A nivel social se acepta y , en ocasiones, promueve la exclusión generalizada de la personas trans*, en tanto se resisten a seguir las expectativas sociales de género. Esto perpetúa la transfobia y llevan a la mayoría de personas trans a vivir la discriminación en nuestra cotidianidad. Hay una idea generalizada que somos ciudadanos de segunda categoría. En mis conversaciones informales con médicos especialistas  y psicólogos, muches me manifestaban que en sus encuentros y congresos rara vez se realizaban eventos sobre el tema trans*.  Cuando estos se daban el interés y la asistencia eran muy bajos. Para estos profesionales, las posturas ideológicas de la mayoría de sus colegas los hacían vernos como un tema poco digno de tratar, poco honroso. Las consecuencias son que la escasez de médicos limita a las personas trans*, para quienes es difícil encontrar profesionales empáticos, interesados en su bienestar y no en la patologización. El acceso a la salud se vuelve un tema transcendental, pues existen barreras adicionales a las que ya enfrenta el resto de la población.

Estas circunstancias, de la mano con la exclusión social generalizada a la que son expuestas las identidades trans, acentúan el uso de  medicamentos sin control médico apropiado, intervenciones caseras y otro tipo de actividades al margen del sistema de salud que pueden comprometer su bienestar. No creo que llegar a este punto sea caprichoso, sino más bien un síntoma de un sistema de salud que no ha integrado las necesidades y manejo de los cuidados trans a profundidad, de la mano de un sistema social que propende la exclusión social generalizada. Así, un proceso de transición dentro de un marco saludable en Colombia se ve obstaculizado y resulta azaroso.

Esta es una cruda realidad para quien la vive, pues la apatía y el desinterés tiene un costo humano muy alto para las identidades trans*. No creo que estas posturas partan del dolo de los profesionales de la salud en la mayoría de caso, pero sí creo que en la apatía y desconocimiento de la atención transgénero se niega la diversidad humana. Con esto, no quiero desconocer los avances legales y médicos que hemos hecho en los últimos años y les profesionales de la salud que han contribuido a mejor esta situación, pero si intento resaltar que aún el interés, apoyo y socialización de conocimiento son muy limitados en el país.

Se que es un reto pensar en salud digna en general en Colombia con la situación que vivimos actualmente con el sistema de salud en todo el territorio.  Sin embargo, los invito a reflexionar sobre como cuando se trata de la salud en Colombia para personas trans, se suman las problemáticas básicas de toda la población con la marginalización generalizada—familiar, escolar, laboral y social— y el estigma de la identidad trans. En este sentido, se vuelve aun más importante que los centros de salud y sus profesionales sean empáticos con la población trans y que estos espacios no se vuelvan otro lugar más de hostilidad.  Soy enfático en esta situación porque las vulneraciones son múltiples y los efectos sobre las vidas trans y su viabilidad son alarmantes. El estrés social, la ansiedad y depresión asociadas hacen que las cifras de suicidio en personas trans sean muy altas, más que las del promedio de la población.  Los asesinatos también son excesivos y considerando que somos aproximadamente el 1% de la población el fuerte rechazo y exclusión de estas identidades. El registro de violencia de la CIDH dice que la expectativa de vida de una persona trans* en Latinoamérica ronda los 30 años debido a estas situaciones.

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Prejuicio: más que un simple pensamiento

Hace unos meses acudí a un amigo médico a propósito de una decisión que debía tomar: cómo y con quién hacerme la histerectomía u operación de extracción de ovarios y de útero. Por ser una persona trans que toma hormonas, esta operación es una opción a contemplar. En mi caso no quería quedar embarazado y estaba seguro de querer continuar tomando hormonas de por vida, por lo que la extracción de las gónadas es una medida preventiva, ayuda a que el cuerpo no tenga dos mensajes hormonales contrarios. Esta intervención es benéfica a largo plazo para prevenir enfermedades en los órganos reproductivos y un sobrecarga el hígado. Sabía de esto desde el comienzo de mi tratamiento hormonal, con conciencia y sopesando el bienestar mental e interno con el tratamiento. Ya muy cerca de los dos años de terapia hormonal, tiempo indicado para realizar la cirugía, le pregunté a Y:  ¿consideraba él que era contraproducente realizarme este procedimiento con una médica amiga especialista en este procedimiento?

En principio, la respuesta parecía fácil y directa. Juan me expuso que él, bajo los estándares de su profesión, no lo haría. Cualquier complicación o error haría más difícil mi reclamo o podría generar tensiones a futuro, pues existía una relación de otro tipo entre ella y yo. Me narró la historia de una amiga suya que había tenido ese problema en una cirugía estética y luego me dijo que no sería difícil conseguir un profesional que lo hiciera. Suspiré una vez terminó su respuesta. “¿Por qué te angustia eso?” me dijo.  

Juan sabe que yo soy trans, hemos hablado mucho sobre este tema. Él además es gai y vive con su esposo hace unos años. Por ello, le había querido hablar a él y no a alguien que fuera escéptico antes las dudas y miedos que estaba a punto de narrarle. Le conté que mis dudas se fundaban en discusiones que venía teniendo hace varios meses con amiges trans y médices alrededor del país. Si bien, existían profesionales de la salud empáticos con las personas trans, que nos respetaban plenamente, estos eran más la excepción que la regla y esto suponía ciertos problemas a la hora de recibir tratamientos.

Todo había empezado con un internista que me manifestó que en el campo de endocrinología él mismo había liderado iniciativas para capacitar sobre el tema trans y sus tratamientos y la respuesta había sido negativa, enfatizada por la muy alta resistencia y crítica de la mano con la baja asistencia a los paneles. Incluso su hijo que era endocrinólogo e internista, se había mostrado muy resistente a tratar el tema en su práctica.

Luego, yo probaría esta resistencia en carne propia cuando me fue muy difícil encontrar un médico que estuviera capacitado y abierto a ayudarme a comenzar mi proceso de hormonización. Aunque los hay, son pocos los psiquiatras, psicólogos clínicos, endocrinólogos y en general profesionales de la salud en Colombia que son empáticos y capacitados para acompañar proceso de terapia hormonal y cirugías en un marco saludable y digno. No tengo estadísticas, pero de mis encuentros académicos y activistas con personas trans, sé que una gran mayoría de  de nosotres en Colombia se automedica, antes que pasar por las negativas y malos tratos que puede suponer el sector de la salud. Llegué a un endocrinólogo, que yo creí estaba abierto y bien capacitado por las recomendaciones que había recibido. Con el tiempo tuve mayor de información de mis compañeres trans –que parecían tener mejor información e investigación que mi médico, porque para ellos se había vuelto una cuestión vital– me di cuenta que las hormonas que este médico me administraba eran inadecuadas. Él me había recetado una dosis errada de testosterona que estaba afectando el funcionamiento de mi hígado y me estaba dejando en un limbo emocional. Lo curioso es que yo ya había detectado esto y se lo había advertido. En vez de indagar, informarse mejor y corregir la situación, él le dio largas al asunto, ocho meses para ser exactos, aseverando que mi cuerpo no lo estaba tomando bien, que se ajustaría solo.   

Cambié de médico por supuesto, pero esto ya me había hecho ver un problema más estructural. Más o menos por la misma fecha, hable con otra amiga médica, la que es experta en la histerectomía. Ella trabajaba en unos de los hospitales que tiene un grupo de trabajo con personas trans. Allí se jactaban de tener un grupo interdisciplinar que da cobertura desde la hormonización hasta las, aun mal llamadas, cirugías de reasignación sexual, que realmente son faloplastias o vaginoplastias. Yo hablaba positivo sobre el programa, sin conocerlo a profundidad, por referencia vagas que alguien me había dado. Al oírme hablar y conocer mi proceso de transición, me narró en confidencia como estaba muy brava, pues ella rotaba con esos grupos y en esas operaciones. Hacía una semana uno de esos médicos había mostrado su desinterés absoluto y negligencia por las complicaciones de una faloplastia y había sentenciado con desdén de manera temprana: “Eso ampútenlo y ya”. Mi amiga me decía muy alterada que ella hubiese intentado hacer todo lo posible por ayudar a este paciente, que había esperado mucho por su operación y había donado una parte de la piel de su muslo para su realización. “Sabes, que incluso he oído chistes ofensivos en las operaciones… entonces, ¿por qué trabajan en esos casos?” me expreso con mucha indignación en su voz.

Le presenté estos tres casos a Juan como la explicación de mi miedo. Lastimosamente, en Colombia, que los prejuicios hacía las personas de género y sexualidades diversas están tan arraigado y además justificado, no me sentía seguro poniendo mi vida en las manos de cualquier persona. A diferencia de ser gai, ser transgénero es algo evidente, algo que no podría ocultar para sentirme más seguro y en el fondo tampoco considero que es justo tener que esconder quien se es para ser tratado con respeto. Culmine diciéndole que quizás preferiría que mi amiga buscara un colega que la asistiera, antes que ponerme en las manos de alguien que no valore mi vida porque me crea un ciudadano de segunda categoría, en el mejor de los casos, y una abominación o herejía, en el peor.

“Se de lo que estás hablando” me dijo él con un tono triste y solemne. “Yo también lo he vivido” culminó. Me advirtió que no creía que esto fuera paranoia, que el como médico había vivido la resistencia por prejuicio en las diversas especializaciones con personas homosexuales o trans. Me contó que hacía unos años había tenido unas complicaciones con sus genitales y había consulado a un urólogo, con el que nunca hablo de su orientación sexual o de su esposo. Tiempo después cuando vino una operación por un tumor que debía ser extraído, vio el cambio total del equipo y del médico cuando se dieron cuenta que su visita más recurrente era un hombre que lo trataba con ternura y afecto. “Como médico, conociendo los protocolos, pude advertir el desinterés y trato más seco del equipo en mi recuperación y las risitas burlonas en los pasillos tras salir de mi cuarto”. Como él lo había intuido y por lo cual no había decidido decir nada a su urólogo, este especialista y su equipo habían perdido la objetividad medica cuando se enteraron de su orientación sexual. “Opérate con tu amiga, es la opción más segura”.

Le agradecí a Juan por su tiempo, le conté que para mí era vital su visión sobre esta perspectiva, que me hacía saber que no era una decisión insensata. Colgamos un rato después. No quise decirle lo afectado que había quedado por recordar todo esto, lo triste que me ponía saberme en un contexto en el que mi vida y la de él se articulaban como menos significativas, menos validas, tan solo por nuestra expresión de género o sexualidad. Esa es la razón por la que quiero compartir estas anécdotas, porque todas llegan al mismo cauce: un prejuicio no es simplemente un pensamiento inofensivo, es un aparato complejo de deslegitimación de otro ser humano que tiene efectos reales y tangibles sobre su vida.

No en vano un día una amiga y activista trans, que respeto mucho, me dijo un día: “Para hacer mi proceso de transición, me toco volverme abogada y medica empírica”. No mentía, había luchado a capa y espada durante dos años para recibir su operación a través de la EPS. No son solo son temas médicos los que están atravesados por esta problemática, aunque si quizás los más sensibles. También lo son temas con funcionarios en diversas entidades públicas y privadas de todo tipo: militares, educativas, laborales y demás. Muchos amigos y amigas narran que se les ha negado u obstaculizado el derecho a acceder a su nueva identificación y componente de sexo en Colombia precisamente por la negativa de funcionarios que desde su posición de poder se niegan a acatar la norma. Se valen de la denigración generalizada de nuestras identidades bajo las que la opinión pública general no ve actos reprobables en estos hechos, pues somos “pecadores” o “gentuza”.

Mientras que se legitime públicamente a las personas LGBTI o que no cumplan con la visión tradicional de hombre y mujer heteronormadas, será muy difícil garantizar sus derechos y su buen trato en las diversas entidades públicas y privadas por más leyes que existan en este sentido. Muchos se han querido quedar en la visión cómoda de las garantías de las leyes y los derechos promulgados a favor de la sigla LGBTQI, con la que se lavan las manos y dicen haber hecho todo lo que pueden. Pero, como dijo el otro día un conocido en una discusión: “Cada quien puede pensar lo que quiera, y ahí no nos podemos meter.” Sí, efectivamente, cada quién piensa lo que quiera, pero no se puede actuar como funcionario público o médico desconociendo el respeto en nombre de la opinión o creencias propia.  Es más difícil que alguien en Canadá, u otro país donde hay leyes antidiscriminatorias claras y además una conciencia social que abala el respeto a la diferencia, niegue un servicio o atropelle el derecho de otro ciudadano basándose en sus pensamientos homofóbicos, transfóbicos o discriminatorios. Si bien, no por ello se está totalmente exentos de dinámicas de poder, mientras en un país como Colombia la gente salga a marchar con un cartel que diga “Prefiero un hijo muerto que un hijo marica” debemos entender que los prejuicios no son solo palabras o pensamientos, son el ejercicio de la opresión que hace la vida de algunxs menos viable.